Nuestro Pan Diario

9 de abril, 2005


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La cruz y la corona

Lectura: Marcos 11:1-11

La Biblia En Un Año: 2 Samuel 19–21

. . . He aquí, tu rey viene a ti, justo y dotado de salvación, humilde, montado en un asno. . . . --Zacarías 9:9.


El día que llamamos Domingo de Ramos, el Señor Jesucristo se presentó a Sí mismo a Israel como su Rey cuando entró en Jerusalén montado en un asno. Si hubiera estado montado en un caballo brioso hubiera parecido más majestuoso. Pero Zacarías había profetizado que vendría de la manera humilde en que vino.

¿Por qué? Los reyes del Oriente montaban asnos cuando estaban en misiones de paz. El caballo era usado en las batallas.

Las multitudes pensaban en términos de prosperidad terrenal y libertad de Roma. Por eso gritaron: «¡Hosanna en las alturas!» (Marcos 11:10). Sin embargo, unos días después, los gritos de la multitud eran: «¡Crucifícale!» (15:13).

Algunos que se declaran a sí mismos admiradores de Jesús no lo reconocen como Salvador de los pecadores. Pero nuestra más profunda necesidad no se puede satisfacer hasta que no resolvamos el problema del pecado. Por esta razón, Cristo entró en Jerusalén montado en un asno con el rostro fijo en la cruz, sabiendo muy bien lo vergonzosa y dolorosa que sería la muerte que iba a padecer allí. Ahora, habiendo pagado el precio por el pecado humano, es muy exaltado a la diestra de Dios y vendrá otra vez como Rey de reyes y Señor de señores. Su cruz tenía que preceder a su corona.

Si queremos formar parte de su reino celestial debemos confiar en Él como Salvador ahora. --HVL

SI CRISTO NO HUBIERA LLEVADO LA CRUZ EN LA TIERRA, NO HABRÍA NADIE CON CORONAS EN EL CIELO.

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