Lectura: Santiago 3:5-12
La Biblia En Un Año: 1 Samuel 27-29, Lucas 13:1-22
El que guarda su boca, preserva su vida; el que mucho abre sus labios, --Proverbios 13:3
Mis palabras causan un efecto en los demás; también lo causan en mí. Cuando digo algo perverso, no sólo revelo el pecado que hay en mi propio corazón (Lucas 6:45), sino que también refuerzo ese mal y contribuyo a que crezca. Jesús dijo que no es lo que entra en mi boca lo que contamina, sino lo que sale. Santiago lo expresó de otra forma: "La lengua . . . contamina todo el cuerpo" (Santiago 3:6). Mi lengua no domada me corrompe.
Por otro lado, cuando me niego a expresar pensamientos impuros, groseros e impíos, comienzo a ahogar y a estrangular el mal que hay en mi alma.
Es por eso que el sabio dijo en Proverbios 13:3 que debemos guardar nuestra boca. Cuando lo hacemos, hacemos morir el mal que insidiosamente corroe la raíz de nuestra alma. ¿Queremos poner fin al mal que tan fácilmente emerge dentro de nosotros? Con la ayuda de Dios, debemos aprender a controlar nuestra lengua.
Usted podría decir: "Yo he tratado, pero no tengo poder para subyugarla." Santiago dijo lo mismo: "Ningún hombre puede domar la lengua" (Santiago 3:8). Pero Jesús sí puede. Pídele que "ponga guarda" sobre tu boca (Salmo 141:3), y dale el freno de tu lengua a Él.
Hagamos eco de la oración contenida en el himno de Frances Havergal: "Toma mis labios y llénalos de mensajes para Ti." --David Roper
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