Mart De Haan
Enero - Febrero - Marzo 2004  
Tenemos Que Perdonarnos

¿POR QUÉ NOS CASTIGAMOS POR VIEJOS PESARES mucho después que creemos que Dios nos ha perdonado? Me quedé pensando en eso después de una conversación que sostuve con alguien que voy a llamar TC. TC se describió a sí mismo como una persona que se estaba recuperando de múltiples adicciones. Dijo un par de veces: «Mi problema fue perdonarme a mí mismo. Para mí fue mucho más fácil creer que Dios me había perdonado que perdonarme a mí mismo por lo que había hecho.»
En cierta forma sabía a lo que se refería TC. Mucho después de creer que Dios me había perdonado, me he maldito en silencio por hacer cosas que me causaron vergüenza e hirieron a otras personas. Lo que me desalentó fue que TC parecía más dispuesto que yo a admitir que necesitamos perdonarnos a nosotros mismos.

Archivo de artículos previos
  • El valor de una persona
  • Sombras De Duda
  • Diez cosas que aprendí de mi papá
  • El camino a la paz
  • La carta de la confianza
  • ¿Qué es una respuesta blanda?
  • Cosas imponderables
  • Dos Ladrones

  • ¿Depende de nosotros que nos perdonemos?
    Aunque yo estaba dispuesto a maltratarme por errores pasados, ofrecerme misericordia a mí mismo me daba la impresión de que estaba tratando de ser Dios. Si Dios quiere que nos perdonemos a nosotros mismos, me preguntaba por qué la Biblia no lo cita diciendo algo así como: «Así como yo os he liberado de la culpa, debéis liberaros a vosotros mismos.»
         Me sorprendió que TC me ayudara a ver que, sin darme cuenta, estaba haciendo exactamente lo que quería evitar. Me dijo: «Tengo un amigo que insistía en decirme que yo estaba actuando como si fuera mayor que Dios. Este amigo me decía una y otra vez: “¿Quién te crees que eres, Dios todopoderoso? Dios te perdona, pero tú no. ¿Qué es eso que me estás diciendo? ¿Eres mayor que Dios?”»
         El bien intencionado aguijonazo que el amigo de TC le estaba dando me ayudó a mí. Luego recordé palabras del apóstol Juan, quien escribió en su carta del Nuevo Testamento: «En esto sabremos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante de Él en cualquier cosa en que nuestro corazón nos condene; porque Dios es mayor que nuestro corazón y sabe todas las cosas» (1 Juan 3:19-20).


    ¿Por qué es importante recordar que Dios es mayor que nuestro corazón?
    Juan nos recordó que cuando el pecado que ya hemos confesado continúa atormentándonos, Dios ve las cosas más claramente que nosotros. Él lo ve todo. Él ve el mal y el arrepentimiento que hemos admitido. Ve el precio que Él pagó para liberarnos de ese pecado. Ve la confianza que hemos depositado en su Hijo. Ve la buena obra que ha empezado en nuestro corazón. Y sabe que terminará lo que ha comenzado (Filipenses 1:6).
         Dios también ve otra cosa. Ve la gente a nuestro alrededor que se afecta negativamente mientras continuamos condenándonos a nosotros mismos. Sabe que nunca amaremos bien a los demás mientras rehusemos permitir que el amor y el perdón de Dios limpien la culpa y la vergüenza de nuestra vida.
    Justo antes de plantear el problema de la autocondena, Juan escribió: «En esto conocemos el amor: en que Él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Pero el que tiene bienes de este mundo, y ve a su hermano en necesidad y cierra su corazón contra él, ¿cómo puede morar el amor de Dios en él?» (1 Juan 3:16-17).
         La pregunta de Juan suscita otra. ¿Cómo puede fluir el amor de Dios a través de nosotros y llegar a los que nos rodean si en efecto decimos: «Señor, yo sé que Tú me has perdonado, pero yo tengo normas y expectativas para mí más elevadas que las Tuyas. No puedo andar contigo en tu misión de amor, porque no he vivido a la altura de mis propias expectativas.» Tal vez creamos que eso es humildad. Probablemente sea orgullo herido.

    ¿Qué nos dice de nosotros mismos una culpa que no se va?
    Puede que estemos esperando demasiado de nosotros. Ya sea que estemos luchando con nuestro propio orgullo herido, o afligidos por lo que hemos perdido, los pensamientos de Dios son más tranquilizantes que los nuestros. El Salmo 103 dice: «No nos ha tratado según nuestros pecados, ni nos ha pagado conforme a nuestras iniquidades. Porque como están de altos los cielos sobre la tierra, así es de grande su misericordia para los que le temen. Como está de lejos el oriente del occidente, así alejó de nosotros nuestras transgresiones. Como un padre se compadece de sus hijos, así se compadece el Señor de los que le temen. Porque Él sabe de qué estamos hechos, se acuerda de que somos sólo polvo» (vv.10-14).
         Tal vez estemos limitando nuestra capacidad de ser lo que Dios quiere que seamos. El rehusar perdonarnos como Dios nos ha perdonado no hace más que prolongar y multiplicar nuestro pecado. La condenación propia es lo opuesto a la gratitud que abre nuestros corazones a Dios. Corazones abiertos a Dios y a los demás es a lo que se refería el apóstol Juan cuando escribió: «Amados, si nuestro corazón no nos condena, confianza tenemos delante de Dios; y todo lo que pidamos lo recibimos de Él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos las cosas que son agradables delante de Él. Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y que nos amemos unos a otMart De Haanros como Él nos ha mandado. El que guarda sus mandamientos permanece en Él y Dios en él. Y en esto sabemos que Él permanece en nosotros: por el Espíritu que nos ha dado» (1 Juan 3:21-24).
         Cada día que pasamos absortos en la autocondena nos robamos a nosotros mismos el gozo de un corazón agradecido. Cada hora en que nos maltratamos es una hora que pasamos robando a los demás el bien que Dios desea hacerles por medio de nosotros. Por otro lado, cada día que se vive en la libertad del perdón es un día que se pasa alabando a Dios. Cada hora que se vive en gratitud por el perdón es un día que se pasa amando a los demás en nombre de Dios.

         Padre celestial, en nuestros momentos de reflexión sabemos que eres mayor que nuestro corazón. Ves infinitamente más que nosotros. Ves la obra que has comenzado en nosotros, el Espíritu que nos has dado, el perdón que has comprado por nosotros, y el deseo que nos has dado de vivir en libertad en vez de escondernos en fracasos pasados.
    Por favor, ayúdanos a usar esa libertad para amar a otros como nos has amado primero Tú.



    Copyright © 2003 por Ministerios RBC - Para correspondencia general: literatura@rbc.org