| Tenemos Que Perdonarnos
¿POR QUÉ NOS CASTIGAMOS POR VIEJOS PESARES
mucho después que creemos que Dios nos ha perdonado? Me quedé
pensando en eso después de una conversación que sostuve
con alguien que voy a llamar TC. TC se describió a sí
mismo como una persona que se estaba recuperando de múltiples
adicciones. Dijo un par de veces: «Mi problema fue perdonarme
a mí mismo. Para mí fue mucho más fácil creer que Dios me había perdonado que perdonarme a mí
mismo por lo que había hecho.»
En cierta forma sabía a lo que se refería TC. Mucho después
de creer que Dios me había perdonado, me he maldito en silencio
por hacer cosas que me causaron vergüenza e hirieron a otras personas.
Lo que me desalentó fue que TC parecía más dispuesto
que yo a admitir que necesitamos perdonarnos a nosotros mismos.
|
Archivo de artículos previos |
El valor de una persona
Sombras De Duda
Diez cosas que aprendí de
mi papá
El camino a la paz
La carta de la confianza
¿Qué es una
respuesta blanda?
Cosas imponderables
Dos Ladrones
|
|
¿Depende de nosotros que nos perdonemos?
Aunque yo estaba dispuesto a maltratarme por errores pasados, ofrecerme
misericordia a mí mismo me daba la impresión de que estaba
tratando de ser Dios. Si Dios quiere que nos perdonemos a nosotros mismos,
me preguntaba por qué la Biblia no lo cita diciendo algo así
como: «Así como yo os he liberado de la culpa, debéis
liberaros a vosotros mismos.»
 Me sorprendió que TC me ayudara a ver que, sin darme cuenta,
estaba haciendo exactamente lo que quería evitar. Me dijo: «Tengo
un amigo que insistía en decirme que yo estaba actuando como
si fuera mayor que Dios. Este amigo me decía una y otra vez:
“¿Quién te crees que eres, Dios todopoderoso? Dios
te perdona, pero tú no. ¿Qué es eso que me estás
diciendo? ¿Eres mayor que Dios?”»
 El bien intencionado aguijonazo que el
amigo de TC le estaba dando me ayudó a mí. Luego recordé
palabras del apóstol Juan, quien escribió en su carta
del Nuevo Testamento: «En esto sabremos que somos de la verdad,
y aseguraremos nuestros corazones delante de Él en cualquier
cosa en que nuestro corazón nos condene; porque Dios es mayor
que nuestro corazón y sabe todas las cosas» (1
Juan 3:19-20).
¿Por qué es importante recordar que Dios es mayor que nuestro corazón?
Juan nos recordó que cuando el pecado que ya hemos confesado
continúa atormentándonos, Dios ve las cosas más
claramente que nosotros. Él lo ve todo. Él ve el mal y
el arrepentimiento que hemos admitido. Ve el precio que Él pagó
para liberarnos de ese pecado. Ve la confianza que hemos depositado
en su Hijo. Ve la buena obra que ha empezado en nuestro corazón.
Y sabe que terminará lo que ha comenzado (Filipenses
1:6).
Dios también ve otra cosa. Ve la gente a nuestro alrededor que
se afecta negativamente mientras continuamos condenándonos a
nosotros mismos. Sabe que nunca amaremos bien a los demás mientras
rehusemos permitir que el amor y el perdón de Dios limpien la
culpa y la vergüenza de nuestra vida.
Justo antes de plantear el problema de la autocondena, Juan escribió:
«En esto conocemos el amor: en que Él puso su vida por
nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los
hermanos. Pero el que tiene bienes de este mundo, y ve a su hermano
en necesidad y cierra su corazón contra él, ¿cómo
puede morar el amor de Dios en él?» (1
Juan 3:16-17).
La pregunta de Juan suscita otra. ¿Cómo puede fluir el
amor de Dios a través de nosotros y llegar a los que nos rodean
si en efecto decimos: «Señor, yo sé que Tú
me has perdonado, pero yo tengo normas y expectativas para mí
más elevadas que las Tuyas. No puedo andar contigo en tu misión
de amor, porque no he vivido a la altura de mis propias expectativas.»
Tal vez creamos que eso es humildad. Probablemente sea orgullo herido.
¿Qué nos dice de nosotros mismos una culpa que no se va?
Puede que estemos esperando demasiado de nosotros. Ya sea que estemos luchando
con nuestro propio orgullo herido, o afligidos por lo que hemos perdido,
los pensamientos de Dios son más tranquilizantes que los nuestros.
El Salmo 103 dice: «No nos ha tratado según nuestros pecados,
ni nos ha pagado conforme a nuestras iniquidades. Porque como están
de altos los cielos sobre la tierra, así es de grande su misericordia
para los que le temen. Como está de lejos el oriente del occidente,
así alejó de nosotros nuestras transgresiones. Como un
padre se compadece de sus hijos, así se compadece el Señor
de los que le temen. Porque Él sabe de qué estamos hechos,
se acuerda de que somos sólo polvo» (vv.10-14).
Tal vez estemos limitando nuestra capacidad
de ser lo que Dios quiere que seamos. El rehusar perdonarnos como Dios
nos ha perdonado no hace más que prolongar y multiplicar nuestro
pecado. La condenación propia es lo opuesto a la gratitud que
abre nuestros corazones a Dios. Corazones abiertos a Dios y a los demás
es a lo que se refería el apóstol Juan cuando escribió:
«Amados, si nuestro corazón no nos condena, confianza tenemos
delante de Dios; y todo lo que pidamos lo recibimos de Él, porque
guardamos sus mandamientos y hacemos las cosas que son agradables delante
de Él. Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de
su Hijo Jesucristo, y que nos amemos unos a ot ros
como Él nos ha mandado. El que guarda sus mandamientos permanece
en Él y Dios en él. Y en esto sabemos que Él permanece
en nosotros: por el Espíritu que nos ha dado» (1
Juan 3:21-24).
Cada día que pasamos absortos en
la autocondena nos robamos a nosotros mismos el gozo de un corazón
agradecido. Cada hora en que nos maltratamos es una hora que pasamos
robando a los demás el bien que Dios desea hacerles por medio
de nosotros. Por otro lado, cada día que se vive en la libertad
del perdón es un día que se pasa alabando a Dios. Cada
hora que se vive en gratitud por el perdón es un día que
se pasa amando a los demás en nombre de Dios.
Padre celestial, en nuestros
momentos de reflexión sabemos que eres mayor que nuestro corazón.
Ves infinitamente más que nosotros. Ves la obra que has comenzado
en nosotros, el Espíritu que nos has dado, el perdón que
has comprado por nosotros, y el deseo que nos has dado de vivir en libertad
en vez de escondernos en fracasos pasados. Por favor, ayúdanos
a usar esa libertad para amar a otros como nos has amado primero Tú.
|