Mart De Haan
Octubre - Noviembre - Diciembre 2003  
El valor de una persona

¿Cuál es el valor de una persona?

En muchas culturas, a los hombres se les honra más que a las mujeres. A los ricos se les respeta más que a los pobres. El valor actual de una persona en el mercado se determina como el precio de un auto. El modelo, el año y la condición en que se encuentra influyen.
La perturbadora verdad es que el valor humano, igual que la belleza, a menudo depende del que lo valore. Sin embargo, en los ojos de una madre o un padre, se ve algo interesante.

Archivo de artículos previos
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  • Dos Ladrones

  • Cuestión del corazón

    Cuando nació nuestro hijo Ben en 1973 y nuestra hija Jen en 1979, me sentí abrumado por lo mucho que los amaba a los dos. Me acuerdo haber pensado: No sé si entendía lo que valía una persona antes de ser padre. Y luego pensé: ¿Y si el diablo me hiciera una oferta por sus almas?

    Respuestas que no satisfacen ni remotamente

    He aquí una de las maneras en que podría presentarse la propuesta. El diablo ofrece manipular fraudulentamente la lotería más grande del mundo a cambio de la vida de Ben. Luego sugiere darme las ganancias de toda una vida de la familia más rica del mundo por Jen. Al ver que no capta mi atención dice: «Pon tú el precio. ¿Qué te parece todo el petróleo del Medio Oriente? ¿Todas las propiedades del mundo? ¿Toda la industria del planeta? A eso le voy a agregar felicidad personal, buena salud, y una larga vida para ti y tu esposa.»
    Su respuesta sería igual que la mía. No hay cantidad de dinero ni posesiones materiales que puedan tentarnos a vender por precio a uno de nuestros hijos.
    Pero entonces surge otra pregunta. ¿Y si el diablo me ofreciera todo el dinero, las propiedades y la industria del mundo por el alma del hijo de otra persona?
    Puesto que acabo de admitir que no podría ponerle ningún precio a uno de mis propios hijos, estoy preparado para pensar que todo el mundo es el bebé de alguien. Y según las normas de un padre o una madre, no hay otro niño en el mundo que valga menos que el mío propio. No obstante, aquí mi propio carácter me delata. Aunque mi amor por Ben y Jen me dice algo acerca del valor inapreciable de una persona, mi propia conciencia me dice lo incoherentemente que he prestado atención y consideración incluso a mis propios hijos, mucho más a los hijos e hijas de los demás.

    La necesidad de tener mejores ojos

    Sólo hay Uno que nunca perdió de vista el valor de una persona. Día tras día, Jesús trataba a mujeres y hombres, viejos y jóvenes, pobres y ricos, enfermos y sanos como si todos fueran importantes. Incluso cuando le ofrecieron los reinos del mundo por un momento de ciego interés propio, Él no cedió (Mateo 4:1-11). Siempre veía algo en los demás por lo que valía la pena morir.
    A veces Jesús usaba cosas pequeñas para mostrar el valor que veía en los demás. Una vez, después de pedir a sus seguidores que arriesgaran su vida por Él preguntó: «¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Y sin embargo, ni uno de ellos caerá a tierra sin permitirlo vuestro Padre. Y hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. Así que no temáis; vosotros valéis más que muchos pajarillos» (Mateo 10:29-31).
    Su punto era claro. Si el Padre celestial toma nota de un pajarillo que cae a tierra, entonces ¿se imagina lo mucho que ama a sus propios hijos y se preocupa por ellos?
    En otra ocasión Jesús usó cosas grandes para mostrar el valor que ve en una persona. Jesús preguntó a las personas que se inclinan incluso a olvidar el valor de su propia vida: «Pues ¿qué provecho obtendrá un hombre si gana el mundo entero, pero pierde su alma? O ¿qué dará un hombre a cambio de su alma?» (Mateo 16:26).

    La elocuencia de la acción

    Mart De Haan Las palabras de Jesús eran potentes, pero sus acciones eran aun más reveladoras. Aunque algunas de las personas más religiosas de su época despreciaban o ignoraban a la mujer, las minorías étnicas, la gente pobre y los prisioneros, Cristo los notaba y se hacía amigo de ellos. El valor de una persona para Cristo es un principio revolucionario de la vida. Si todos compartiéramos el valor que Él le da a una persona, nuestras familias e iglesias serían lugares más sanos y seguros. Las empresas y la industria serían transformadas por los dueños y administradores que verían a los trabajadores con los ojos de Cristo. Nada daría más honor y valor ni a nuestros amigos ni a nuestros enemigos que el ser tratados como alguien «por quien Cristo murió» (Romanos 14:15; 1 Corintios 8:11). El apóstol Juan fue uno de los amigos más cercanos de Jesús durante los tres años de vida pública de nuestro Señor, y se conmovía profundamente por la forma en que Cristo lo valoraba. Este amor se derramaba en la preocupación del apóstol por los demás. En el cuarto capítulo de su Primera Epístola del Nuevo Testamento escribió: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como propiciación [sacrificio] por nuestros pecados. Amados, si Dios así nos amó, también nosotros debemos amarnos unos a otros» (1 Juan 4:10-11).

         Padre celestial, Tú sabes cuántas veces he tratado a los demás como si su valor se hallara en su trabajo, apariencia o utilidad para mí. Sin embargo, en este momento, las palabras y el sacrificio de tu Hijo despiertan algo en lo profundo de mi ser. Veo que el valorar a los demás por lo que Tú piensas de ellos es mucho más importante que valorarlos por lo que ellos piensan de mí.
         Por tu gracia quiero ser diferente. Por favor, permíteme ver por tus ojos. Quiero que lo que Tú ves en el valor de una persona moldee el resto de mi vida.



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