Mart De Haan
Julio - Agosto - Septiembre 2003  
Sombras De Duda

Estimado Antonio: He estado pensando en las luchas espirituales que parecías tener la última vez que conversamos. En aquel momento no dije mucho porque no sabía qué decir. Ahora que he tenido la oportunidad de organizar mis pensamientos quiero que sepas que te respeto por admitir que has estado inquieto con preguntas acerca de la equidad de la vida y la bondad de Dios. .

Archivo de artículos previos
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  • Dos Ladrones

  • También quiero que sepas que no te culpo por decir que no te gusta estar cerca de personas religiosas como yo. En una época, yo me hubiera ofendido por ese comentario. Pero he llegado a entender que hay mucho de verdad en tu opinión sobre nosotros. La gente como yo tiene la tendencia a implicar que todos los problemas se pueden resolver con la medicina de la moralidad. Y muchas veces pasamos más tiempo defendiendo nuestras creencias que preocupándonos por los demás. También creo que tienes razón al reconocer las injusticias de la vida. No todos sufrimos en proporción a las cosas malas que hacemos. Tampoco prosperamos en proporción al bien que hacemos. Algunas personas abusan de su cuerpo sin sufrir consecuencias. Otras tratan de cuidarse y se enferman.

    ¿Cómo es que un Dios bueno permite que eso suceda? ¿Dónde está su concepto de justicia? ¿Cómo podemos caminar por un hospital para niños o una instalación psiquiátrica y seguir creyendo en la bondad de Dios? ¿Cómo podemos ver los terrores de la guerra, el hambre y las inundaciones y seguir creyendo que un Dios bueno y poderoso tiene el control de todo? Ninguno de nosotros permitiría que sucedieran cosas terribles como esas si tuviéramos el poder para detenerlas. Antonio, no hace falta decirte que no tengo todas las respuestas a esas preguntas. Lo que sí quiero decir es que me preocupa el que hayas tenido tantos problemas y sufrido tantas pérdidas últimamente.

    También quería escribirte porque he estado leyendo algunos papeles y cartas viejas que creo te pueden interesar. Dentro de uno de esos viejos papeles encontré el relato de un hombre cuya historia me recuerda la tuya. Él estaba pasando por una situación dolorosa y no entendía por qué. Sus amigos religiosos decían que estaba sufriendo a causa de algún pecado que ocultaba. Resultó que no tenían razón.

    Mientras fui examinando esos papeles comparé la historia de aquel hombre con las experiencias y los pensamientos de una persona cuyo nombre sé que vas a reconocer. Es una persona a quien los religiosos les encanta citar, aun cuando los religiosos eran sus peores enemigos. Esta persona no seguía la ideología aceptada para explicar el sufrimiento. Él no creía que todo el mundo sufre en proporción a sus propias obras malas. Dijo que era un error asumir que la gente que muere en accidentes o vive con algún sufrimiento físico está pagando, o bien por sus propios pecados, o por los pecados de sus padres.

    Antonio, lo que hace a esta persona tan interesante es la gente que se sentía atraída hacia Él. La gente que sufría y era rechazada se sentía atraída hacia Él. Los religiosos lo tomaban a mal. Pero creo que a ti te hubiera caído bien y sé que Él te habría amado. ¿Qué estoy queriendo decir? ¿Habría Él invocado una señal del cielo para convencerte de que hay un Dios en los cielos? ¿Habría tomado el tiempo para contestar todas tus preguntas y objeciones a la fe? No estoy seguro de que lo hubiera hecho tampoco. A pesar de que era conocido por hacer milagros y contestar preguntas difíciles, no lo hacía sólo porque se lo pidieran.

    Su método era más personal. Parecía ver los corazones de todos aquellos a quienes encontraba. Los que eran orgullosos lo miraban a los ojos y no veían nada más que a sí mismos. Los que estaban quebrantados miraban a los mismos ojos y veían el corazón de Dios. Los que dudaban para evitar la verdad aprendieron a odiarle. Los que dudaban para conocer la verdad terminaban de rodillas delante de un Dios que los amaba.

    Antonio, no quiero decir con esto que esta Persona haya contestado todas mis preguntas. No ha sido así. Pero sí me ha mostrado que puedo confiarle lo que no sé. Me ayuda a creer en Dios aun cuando no puedo ver las puertas del cielo. Me recuerda que las ideas y las acciones tienen consecuencias aunque los resultados no sean evidentes. Me ayuda a creer que lo mejor todavía falta por llegar, sin que yo tenga que saber cuándo.

    No siempre he estado tan seguro de mi fe. Muchas veces me he encontrado en el lugar adonde te encuentras tú. He dudado de la equidad de la vida, la bondad de Dios y la credibilidad de las respuestas religiosas. Incluso ahora creo, en la mayoría de los casos, que no puedo apoyarme en mi propia capacidad de ver las cosas claramente. Lo que he llegado a creer es que puedo depender de Sus ojos. Creo que puedo confiar en que Él verá por mí cuando mira el dolor que hay en este mundo. Luego, con calma, levanta Sus ojos y ora a Su Padre que está en los cielos.

    En este punto no sé si puedes identificarte con lo que yo veo en Sus ojos. Es por eso que espero que pases un poco de tiempo con Él. Aprende cómo piensa Él. Observa la forma en que se relaciona con toda clase de gente. Escúchalo cuando ora. Míralo cuando llora. Después, creo que verás lo que yo veo en Sus ojos.

    Antonio, gracias por leer esto. Si quieres, me encantaría hablar más contigo. Confío en que esta Persona es alguien en quien puedes creer. A medida que lo conozcas, estoy seguro de que hasta podrías llegar a amarlo y a confiar en Él tanto como yo.

    Atentamente,

    P.D. Estoy enviando copias de esta carta a otros amigos también. Espero que no te importe, pues pienso que algunos de ellos podrían tener las mismas preguntas y dudas que tú.


     

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