Mart De Haan
Enero - Febrero - Marzo 2002  
Cosas imponderables

¿De dónde vino Dios? ¿Podría Él hacer una piedra tan pesada que no la pueda levantar? No se ría. Sé que los borrachos y los filósofos han estado haciendo ambas preguntas durante miles de años.

Pero, ¿de dónde vino Dios? ¿Por qué existiría algo en el principio y no nada? ¿Por qué ocuparía algo la eternidad, sobre todo el Dios sin causa que se describe en la Biblia? Si Dios no tuvo principio, ¿qué hacía durante la eternidad anterior a los pocos miles de años que hace que nuestra historia está registrada? Si no tuvo principio, ¿se preguntará Él mismo de dónde vino?

Esas preguntas le pueden sonar irreverentes y tontas, pero a veces me hacen sentir como si me estuviera volviendo loco. En verdad, no me puedo imaginar cómo podía Dios existir o cómo podía no existir, con principio o sin él. No hay respuestas comprensibles de ninguna manera. La vida empieza a sentirse como un sueño. Sin embargo, a veces esas preguntas me vuelven a mis cabales. A veces, cuando mi mente está agotada, me siento extrañamente cerca del Dios de la Biblia. Cuando estoy demasiado cansado para pensar, miro al perro que se acurruca junto a mis pies y anhelo descansar con la misma facilidad a los pies de Aquel que pregunta: "¿A qué, pues, me haréis semejante o me compararéis?" (Isaías 40:25).

Los recursos de Dios son las respuestas

En esos momentos, tiene sentido pensar que si mi perro puede confiar en mí sin entender lo que no puedo explicar, es igualmente razonable que yo confíe en un Creador que sabe infinitamente más de lo que yo puedo entender.

La confianza que anhelo no es una insensatez soñolienta. En esos momentos en que me siento despierto al milagro de la existencia, no quiero pestañear. No quiero irme a dormir sobre la almohada de lo conocido al tiempo que voy montado en esta misteriosa y extraordinaria ola llamada vida. No quiero dar nada por sentado cuando esta ola de existencia se dirige hacia la playa de la eternidad.

Nadie puede vivir con tan seria intensidad durante mucho. Todos necesitamos tiempos de descanso, risa y sueño. Pero cuando estamos descansados, ¿cómo podemos no percibir la maravilla de nuestra propia existencia? ¿Cómo podemos pensar siquiera desear un milagro para confiar en que Dios existe? ¿Qué hemos visto alguna vez que no sea un milagro? ¿Quién puede negar las Escrituras, las cuales declaran que los cielos y la tierra están llenos de la gloria de Dios?

En esta "era de la información" tenemos que recordar las limitaciones de nuestra propia comprensión. Ante el crecimiento fenomenal de la Internet y la explosión de los servicios de información, podríamos vernos tentados a pensar que con el tiempo, el hombre lo entenderá todo. Podríamos imaginarnos que con suficiente conocimiento podremos resolver todos nuestros problemas. Podríamos actuar como si el conocimiento fuera Dios.

Mart De HaanNo podemos darnos el lujo de poner nuestra esperanza en una "torre de Babel" moderna. Tampoco podemos darnos el lujo de ser como Adán y Eva, que perdieron los sentidos ignorando lo que Dios había dicho mientras trataban de entender lo que no les dijo.

Lo que Moisés escribió acerca del conocimiento y sus limitaciones sigue siendo verdad. "Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre, para que cumplamos todas las palabras de esta ley" (Deuteronomio 29:29).

Padre, perdónanos por usar lo que has ocultado como excusa para ignorar lo que has hecho obvio. Perdónanos por pensar que es más importante para nosotros entender que confiar.



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