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por Jeff Olson
Gregorio se preguntaba cuándo terminaría el día. Era bueno en su trabajo, pero únicamente hacía lo que tenía que hacer. El trabajo lo aburría y el teléfono sonaba constantemente. Cada llamada le agotaba más las energías: termina esos informes, programa otra cita, averigua qué pasó con el cliente que no estaba contento, compra leche y no te olvides de la reunión de la iglesia. Entre llamada y llamada, se quedaba mirando fijamente cualquier punto. A medida que pasaba el día, la monotonía del mismo y las exigencias de su vida lo dejaban sintiéndose sin propósito, abrumado y molesto.
Cuando se sentaba en el auto después del trabajo, no lo consolaba mucho el pensar ir a su casa. Allí lo esperaban otras presiones. Una vez más, al pensar en escapar y correr ciertos riesgos, su menta se iba en una dirección conocida.
Durante todo el día había tenido en la mente imágenes prohibidas, pero en ese momento, no podía pensar en otra cosa. A medida que atravesaba la ciudad se dio cuenta de que iba por calles conocidas que a la larga lo llevarían a donde había estado muchas veces.
Era arriesgado que lo vieran en la tienda de licores. Pero cuando pagó la revista, Gregorio supo que no había punto de regreso. Mientras conducía su auto hacia un estacionamiento apartado, el aburrimiento del día desapareció. Se sentía agradablemente nervioso y vivo. Estacionó el auto y empezó a pasar las páginas. El peligro surtió su efecto. Las imágenes desnudas encendieron sus pasiones. Absorto en su propia fantasía, llegó el alivio.
Durante unos momentos, Gregorio disfrutó el éxtasis pasajero. Pero entonces el odio y la vergüenza que sentía hacia sí mismo lo golpearon como golpea una tormenta violenta. Se sintió muy tonto. Suspiró profundamente y se tapó la cara con las manos. No podía creer que lo hubiera hecho de nuevo.
De alguna manera sabía que su problema estaba descontrolado. Quería buscar ayuda, pero sentía demasiada vergüenza. ¿Qué pensarían de él su familia y sus amigos? ¿Cómo podría enfrentarlos? Tenía terror de perderlo todo, y sin embargo, no sabía por cuánto tiempo más podría seguir viviendo una doble vida.
Disgustado consigo mismo, hizo el voto de dejar aquello. Esa era la forma como normalmente trataba de resolver su dilema. Suplicó a Dios que lo perdonara y se aseguró a sí mismo que esa vez iba en serio. Casi se creyó la frase gastada que se estaba diciendo a sí mismo. Pero mientras se dirigía a su casa, en el fondo sabía que aquello no había terminado. Era sólo cuestión de tiempo antes de que cayera en la tentación otra vez.
La historia de Gregorio no es única. Un buen número de hombres guarda un secreto: un secreto que destruye su honor y envenena sus relaciones. La pornografía es el «secretito sucio» del que pocos desean hablar.
La comunidad cristiana por lo general no admite cuán extendido es el uso de material sexualmente explícito dentro de su propio grupo. Sin embargo, la verdad es que una multitud de hombres cristianos, jóvenes y viejos, y de todos los antecedentes de la vida, miran pornografía regularmente. No todos los hombres que han mirado la pornografía son adictos a ella, pero muchos sí. Y cualquiera que le eche un vistazo casual, o que incluso se tope con ella accidentalmente, está en peligro de volverse adicto.
Trágicamente, la mayoría de los hombres no admiten el problema hasta que están atrapados. Algunos creen tontamente que tienen control sobre el problema. Otros se sienten irremediablemente esclavizados. Igual que Gregorio, viven en un confinamiento solitario que ellos mismos escogieron. Pero no tiene que ser así. Hay salida. Se puede salir del pantano de la autodestrucción sexual.
Si es usted un hombre que lucha con la pornografía, o si conoce a un hombre que esté batallando con ese problema, las páginas siguientes le mostrarán que no es el único. Juntos consideraremos los peligros de la pornografía, los múltiples aspectos de la lucha de un hombre y cómo se puede salir. Además encontraremos esperanza en la seguridad de que «el que encubre sus pecados no prosperará, mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia» (Pr. 28:13).
Jeff Olson es consejero con licencia para ejercer en el estado de Michigan, EE.UU., y trabaja para el Departamento de Correspondencia de RBC Ministries en Grand Rapids, Michigan.
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