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por Tim Jackson No hace mucho, recibí una carta inquietante. Decía así: «Satanás me tienta con pensamientos malos y vengativos hacia mi familia. Sufrí de maltrato emocional todos los años mientras crecía, en la juventud y hasta ser un adulto hasta que contraje matrimonio. A veces era horrible. Cargué con el estigma del odio y celos de mis padres. Constantemente me criticaban por todo lo que hacía. Nunca recibí palabras de estímulo. Hasta el día de hoy, despierto con pesadillas en las que trato de vengarme. Si soy un buen cristiano, ¿no debería ser capaz después de todos estos años de perdonarles y liberarme así de este terrible dolor? ¿Cómo puedo aprender a perdonarles de manera que no sienta esta ira cuando estoy cerca de ellos? ¡Ayúdenme, por favor!» La persona que escribe no está sola en esta lucha con el perdón. Conozco a un hombre cuya esposa le engañó y que no puede encontrar la paz consigo mismo como para perdonarla por haberle traicionado. El trata de salvar la relación rota, pero el temor, la desconfianza y la ira destruyen estos esfuerzos. Además existe la persona que habla a tus espaldas. Lo que compartiste con ella en privado se ha convertido en tema de comentario a través del vecindario, de las conversaciones telefónicas y de los lugares de trabajo. Primero te sientes herido, después traicionado para terminar enojado. Esa herida es tan dolorosa como si te hubieran apuñalado. Comienzas entonces a acariciar la idea de la venganza. Una persona en quien confiabas te ha traicionado, y deberás encontrar la manera de hacerle pagar por el daño que te ha hecho. Perdonar es lo último que se te ocurriría. ¿Qué significa perdonar? ¿Qué cosa viene a tu mente cuando piensas en la palabra perdón? ¿Olvido? ¿No más dolor? ¿No más ira? ¿Olvidar lo pasado? ¿Dejar a alguien libre de resposabilidad? ¿Injusticia? Quisiera comenzar diciendo, que el perdón es una de las doctrinas más mal entendidas de la vida cristiana. Muchos creen que el perdón nos obliga a una liberación incondicional de los que han actuado mal. Dan por sentado que debemos perdonar para amar. Otros han adoptado la actitud de «te perdono por mi propio bien» al afirmar que el perdón es un medio de liberarnos a nosotros mismos del cáncer de la amargura y del fuego de la ira. También se ve el perdón como una oferta incondicional de indulgencia que dice «no importa lo que me hayas hecho, te perdono.» Sin embargo y a pesar de lo que creen muchos, los resultados del perdón incondicional no son tan positivos. Uno tiembla al pensar en la esposa que le anuncia perdón al marido alcohólico el cual no se ha arrepentido y quien la ha golpeado en la privacidad del hogar, además de humillarla públicamente con sus aventuras amorosas. ¿Es este perdón la clase de amor que su esposo necesita? ¿Es según ella, en el mejor interés de su esposo dejarle libre de responsabilidad por violaciones reiteradas de sus votos matrimoniales? Creo que las Escrituras nos enseñan que si debemos perdonar o no, depende de nuestra respuesta a la pregunta: «¿cuál es la clase de amor que Cristo demanda de nosotros?» La respuesta a la vez, depende de las circunstancias en que hagamos la pregunta. A veces el amor requiere que digamos: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc. 23:34). Otras el amor demanda perdonar una y otra vez (Mt. 18:21-22). Y aun en ocasiones, el amor exige que nos abstengamos de perdonar por el bienestar de aquél que nos ha hecho daño. |
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