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Por Tim Jackson
El día de Trina empezó igual que la mayoría de los días normales para una activa mamá de tres niños. Despedir a los chicos a las 7:45 para la escuela, una ducha rápida y una taza de café, al tiempo que planificaba su estrategia para enfrentar el día. Tenía que devolver algunas cosas en una tienda por departamentos, comprar provisiones, pasar por la lavandería, correr a la casa a almorzar, y llegar a tiempo a su cita con el dentista a la 1:15 p.m. Luego volvería corriendo a la casa a preparar la cena antes de que llegara de la escuela la estampida de carnívoros. Las diligencias que tenía que hacer le tomaron más tiempo de lo previsto (siempre es así), y en realidad no tenía tiempo de ir a almorzar a su casa antes de su cita con el dentista. Así que Trina decidió ir a la oficina de Miguel y sorprenderlo llevándole su plato chino favorito. Cuando detuvo el auto en el estacionamiento de la oficina, vio a Miguel saliendo del edificio en dirección a su auto con Vicki, su secretaria. Trina sintió que se le apretaba el estómago. Miguel le dijo aquella mañana que iba a trabajar durante la hora de almuerzo porque tenía que entregar un proyecto a las 5:00 p.m. Trina observó cómo se rozaban uno contra el otro mientras caminaban. Apenas quitaban la mirada uno del otro. De hecho, se veían tan ensimismados el uno en el otro que no parecían notar nada más. Cuando llegaron al auto, Miguel le abrió la puerta a Vicki, como solía hacerlo con Trina. Ella se echó su rizado pelo castaño para atrás, se deslizó en el asiento de piel, e introdujo sus bien formadas piernas en el auto. La sonrisa de aprobación de Miguel transportó a Trina a sus días de noviazgo. «Esa es la sonrisa que me brindaba a mí -pensó. ¡Ese es mi esposo!» Trina se quedó mirándolo sin poder creer lo que veía. «¡Son amantes! -dijo en voz baja-. Así éramos Miguel y yo de novios.» Quería gritar, llorar y vomitar al mismo tiempo. Se sentía incapaz de detener la telenovela que tenía delante de sus ojos. Los siguió cuando salieron del estacionamiento. Miguel se dirigió al apartamento de Vicki y los dos entraron en el mismo. Trina pensó que su corazón iba a estallar. Hacía sólo unos minutos que su vida era muy buena, muy normal. Ahora se sentía como si la hubiera atropellado un auto y el conductor hubiera huido dejándola aturdida, sangrando, abandonada y tirada allí para que muriera sola. Casi se desmaya por la sacudida que sufrieron su alma y corazón. «¡No puede ser que esto me esté sucediendo a mí!» -dijo sollozando. A muchos cónyuges, como a Trina, el golpe de la traición de descubrir la aventura de su compañero(a) les toma totalmente desprevenidos. Aun si no lo hemos experimentado en carne propia, todos conocemos a alguien cercano que ha sufrido las dolorosas heridas infligidas por un cónyuge infiel. El propósito de este librito es facilitar la comprensión del asunto a un cónyuge cuyo matrimonio ha sido destrozado por una aventura y ofrecerle esperanza. Describiremos diferentes niveles de infidelidad, rastrearemos sus raíces, y estudiaremos el proceso de sanidad que es tan necesario después que se descubre la infidelidad. Nuestro deseo es ayudar a una persona que ha sido traicionada a pensar en cómo responder a una situación que hace que uno se sienta abrumado y sin esperanza. Vamos a explorar la manera como Dios mismo ofrece respuestas y seguridades eternas que pueden ayudarnos a lidiar con una de las experiencias humanas más dolorosas. Veremos que a pesar del dolor, la pérdida y la traición, hay esperanza. La vida, aunque va a ser diferente para siempre después de una infidelidad, puede volver a ser buena. En medio de la devastación y el dolor, la presencia de Dios proporciona el valor y la fortaleza necesarios para pasar por la angustia y la locura del oscuro valle que se siente como si fuera la misma muerte (Sal. 23:4). Tim Jackson es consejero con licencia para ejercer del estado de Michigan, EE.UU., y es el jefe del Departamento de Consejería Bíblica de RBC Ministries en Grand Rapids, Michigan. |
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