Una ejecución pública aseguró su muerte
Durante la fiesta judía de la Pascua, Jesús fue arrastrado por una multitud airada a una corte judicial romana. Mientras se encontraba ante Pilato, el gobernador de Judea, los líderes religiosos acusaron a Jesús de proclamarse a Sí mismo rey de los judíos. La multitud demandó que lo mataran. Jesús fue golpeado, azotado y sentenciado a la jecución pública. En una loma en las afueras de Jerusalén lo crucificaron en medio de dos criminales. Tanto sus amigos, con el corazón destrozado, como sus burlones enemigos, lo vieron morir lentamente. Como se acercaba el día de reposo, enviaron soldados romanos a terminar la ejecución. Para que los malhechores murieran más rápido, les rompieron las piernas. Pero cuando fueron a Jesús no le rompieron las piernas porque por experiencia sabían que ya estaba muerto. Sin embargo, como última precaución lo clavaron en el costado. Habría que darle mucho más que primeros auxilios para que volviera a causarles problemas.
Un alto oficial se encargó de la seguridad de la tumba

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